¿Es la mujer más resiliente que el hombre?

¿Qué nos hace salir a flote cuando la marea nos cubre hasta la cabeza?

¿Por qué dicen que las mujeres somos más fuertes para soportar las adversidades?

¿Qué hacemos cuando nos arrebatan todo y tenemos que empezar de nuevo?

Estas preguntas rondaron por mi cabeza hasta mostrarme que en realidad buscaba la respuesta para renovar mis fuerzas y volver a torcerle la mano al destino. La resiliencia femenina ante la adversidad es una especie de estoicismo que nos vuelve sabias y domina nuestro espíritu.

Los ejemplos de resiliencia femenina forman parte de sucesos históricos como las revueltas para conseguir el derecho al voto; más actualmente, las luchas para que por ley podamos decidir sobre nuestro cuerpo con total autonomía.

A diario vemos a mujeres que deben trabajar muchas más horas para conseguir igualar su salario al de los hombres; a las que son violentadas física o psicológicamente por sus parejas, o a las que están en cargos de elección popular o en el activismo, resistiendo persecución política por el simple hecho de ser aguerridas en la defensa de sus derechos.

Ante tanta agresión, las mujeres no bajamos los brazos, nos levantamos cuando caemos, nos agrupamos para defendernos, reconocemos nuestras capacidades y logros, nos volvemos a adaptar y recuperamos la autoestima y lo que nos fue arrebatado.

Lucía se embarazó antes de concluir la preparatoria. Una chica hermosa pero humilde, que unió su vida a la de un hijo de comerciante extranjero. La unión duró tres años, porque él, Giovanni, decidió que no quería vivir más con una mujer que no era de su clase social.

Los dos varones que procrearon juntos se quedaron con su madre solo dos años más. El joven de sangre italiana decidió llevárselos a vivir a un fraccionamiento de lujo para que su descendencia no habitara en un edifico de Infonavit.

Lucía lloró por años; tuvo que dejar partir a sus hijos sin poder hacer nada. Lo poco que ganaba de mesera era insuficiente para pagar ropa de marca, colegios particulares y viajes. Ella tuvo que reinventarse para salir de la depresión y del alcoholismo que sobrevinieron a la partida de sus pequeños. Ahora estudia la universidad y sus hijos la visitan algunos fines de semana.

Brenda y su novio Julián se metían ácidos. Sus carreras universitarias se truncaron debido a los constantes enfrentamientos que tenían en sus ratos de sobriedad, en los que ella era golpeada e insultada por su él. Para Brenda, el maltrato era normal; su padre golpeaba a su madre.

Para salir de este entorno de violencia, Brenda partió a estudiar al extranjero con el apoyo de una maestra que le consiguió una beca. Al culminar su carrera, se casó en Alemania y decidió no regresar nunca a México. Ahora es una exitosa gerenta de una empresa exportadora.

El 20 de febrero del 2014, María del Carmen Sánchez fue rociada con ácido en la cara por su expareja, luego de que ella se negó a retomar la relación. Antes del ataque, Carmen había denunciado dos veces al padre de sus hijas, una por delito sexual y otra por sustracción de menor, pero las autoridades del Estado de México nunca procedieron.

Tras 61 cirugías reconstructivas de cara y cuello, Carmen no se dejó morir, aunque aceptó que lo pensó más de una vez. Después de años de lucha, ella logró que, en julio de 2020, el Congreso del Estado de México aprobara una reforma al Código Penal para castigar hasta con 10 años de prisión a quien arroje ácido o sustancias corrosivas, químicas o inflamables a una persona.

La semana pasada, Carmen fue reconocida con el Premio Raquel Berman a la Resiliencia de las Mujeres ante la Adversidad, otorgado por La Fundación Doctora Raquel Berman, la Asociación Mexicana para la Práctica, Investigación y Enseñanza del Psicoanálisis A.C. (AMPIEP) y la Cámara de Diputados. El objetivo de este premio es “reconocer a las mujeres que lograron superar adversidades y salieron fortalecidas al haber reaccionado de una manera constructiva y positiva, superando el desaliento para salir adelante, y a partir de esta experiencia, trabajan a favor de otras personas”.

“Apropiarnos de nosotras, cuando nuestro cuerpo ha soportado tantos abusos y violencia, es un camino muy largo y doloroso, que no se consigue de la noche a la mañana. No solo me he enfrentado a la violencia feminicida del hombre que intentó matarme, sino a la indiferencia e impunidad del estado, la revictimización de los medios de comunicación, el exilio y la discriminación social y laboral”, cuenta Carmen.

Pasé de víctima a activista por los derechos de las mujeres que han sobrevivido a ataques con ácido. Esto no lo he conseguido sola, porque adelante, atrás y a un lado hay un ejército de mujeres valientes y solidarias que se sumaron a mi búsqueda de exigencia de justicia”.

Hasta aquí, parte de la historia de lucha de Carmen y de dos amigas, a quienes no les quedó más que ser resilientes: dejar atrás los sentimientos de miedo, impotencia y vergüenza, y convertir su adversidad en fortaleza.

Para recuperar lo que nos fue arrebatado hay que hacernos cargo de nosotras mismas; hay que ganar autonomía y contribuir con otras mujeres para hacer conciencia de que debemos participar en la vida pública y, a un tiempo, conservar la libertad de nuestro entorno familiar.

Debemos desaprender y emprender nuevas formas de vida para recuperar nuestra alegría sin perder la indignación. ¡Sí es posible!

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Torciéndole la mano al destino

A mí no se me irá la vida en tristezas y lamentos, no me verás llorar.

Me verás rompiendo el silencio y tus mensajes de odio no me alcanzarán.

Me miraré al espejo para reconocerme hermosa, solidaria y autónoma.

Dejarás de llamarme aguerrida para llamarme resiliente.

Caminaré con la frente en alto hasta el día de mi muerte.

Mónica JFranco