En México ha iniciado la tercera ola de contagios por COVID-19 y valdría la pena hacer algunas reflexiones acerca de la comunicación de riesgo que ha implementando el Gobierno Federal desde el inicio de la pandemia en nuestro país a partir de marzo del 2020. Una comunicación de riesgo que poco o nada ha tenido de los elementos básicos necesarios ante una crisis de tal magnitud.

Veamos, en una comunicación de riesgo se debe hablar siempre con la verdad, no asustar ni sembrar miedo o pánico en la población, pero siempre hablar con la verdad. De tal manera que se identifique en su justa medida el riesgo que ha sido detectado, la naturaleza del mismo y las consecuencias dañinas que este riesgo genera entre la población.

Desde meses anteriores a marzo, tuvimos ejemplos de los países de Europa, cuando inició la pandemia, y hubiera sido impensable que México fuera la excepción ante la primera, segunda y ahora tercera ola de contagios, sólo un optimismo de pensamiento mágico podría haber pensando en un panorama extraordinario para este país. Sin embargo, la estrategia comunicacional careció de todos los elementos que ya no digamos la expertiz amerita, sino el sentido común.

Recordemos por ejemplo que el encargado de administrar la crisis sanitaria y vocero de la misma, el Subsecretario Hugo López Gatell decía al inicio de la pandemia que no era necesario utilizar cubrebocas, sólo los encargados de la salud. Pero la gente de todas maneras utilizó el cubre bocas porque los casos de contagio y muerte eran cercanos, no se podía tapar la realidad con un dedo y la realidad alcanzó a México.

O aquella comunicación de los municipios de la esperanza en la que había cero contagios y se habían nombrado, como ejemplo de que el país podría estar con esa misma situación. En una comunicación de crisis todo puede pasar menos darle a la población esperanza sobre todo cuando se está ante un virus con comportamiento desconocido.

Suponer que la tercera ola es producto de la ignorancia de la gente, es una justificación bastante simplista y poco responsable por parte de los gobiernos. La gente entiende, ejemplo el uso del cubre boca. Pero si tomamos en cuenta que el promedio de grado de estudios en México es de secundaria difícilmente optimismo en todo momento.

Como optimista fue el sentimiento que se albergó en la mayoría de las y los mexicanos poco antes de las elecciones del pasado 6 de junio en el que la vacunación se intensificó para personas de la tercera edad. Nadie de la población ante tal panorama y con el grado de estudios promedio en nuestro país podría haber previsto que: 1) La población de la tercera edad si bien, los más vulnerables en aquel momento, son junto con las y los niños, población no productiva económicamente. Es decir, no salen a las calles en su mayoría, pero el resto de la familia sí.  2) Que la estrategia de salud era para reducir la sobre población en hospitales pero no el riesgo de contagio.

Este reciente optimismo por la vacunación tampoco implicó una comunicación de riesgo responsable respecto a dar a conocer que la vacuna contra el virus SARS-CoV-2 no evita el contagio, evita en todo caso que se muera por el virus, pero se sigue expuesto al contagio y a contagiar. Tampoco se han hecho cálculos tales como que, si bien han llegado más de 60 millones de dosis para vacunas a nuestro país, la mayoría son de doble dosis, los mexicanos que han recibido el esquema completo son 20 millones de personas, según datos de la Secretaría de Salud. En nuestro país somos 120 millones de mexicanos, faltan 100 millones. Estados Unidos, por ejemplo, lleva el 48% de su población vacunada.