Nunca pudimos decir “tengo miedo y quiero volver atrás, a mi pueblo, con mi madre, con mi padre, con mis hermanos y hermanas”. Pero eso no significó que no hayamos sentido que las piernas nos temblaban y que el corazón se nos salía del pecho en cada decisión que nos llevaba a caminar cada vez más lejos.

Así, las hijas de sembradores, de docentes, de albañiles, de obreras y obreros —mestizas o indígenas, o afrodescendientes— llegamos del pueblo a las ciudades voraces, esas que nos exigen comportarnos de tal o cual forma para no ser devoradas, para sobrevivir.

La sangre proletaria que corre en nuestros cuerpos siempre ha sido tierra fértil para la insurrección; como las adelitas de la Revolución mexicana, salimos a dar la batalla, porque conocemos en carne propia las necesidades y las injusticias que sufre nuestro pueblo.

Sin embargo, hoy no necesitamos empuñar un fusil para hacernos escuchar (o al menos, eso dicen). Tal vez sea verdad: algunas sigilosas, otras más estridentes, pero todas con un espíritu femenino firme, poco a poco, transgredimos la historia y nos convertimos en las protagonistas.

Ya no son sólo los hombres los que dicen discursos, los que organizan la política, dictan las leyes o compiten por cargos de elección popular. Las hijas del pueblo nos hicimos un espacio y no nos importa si en ocasiones perdemos, porque en cada intento nos superamos.

En efecto, la vida, para nosotras, se convierte en una olimpiada en la que las atletas más disciplinadas o constantes conseguirán la mejor marca, sí, pero aun con eso, el resto no veremos mermada nuestra dignidad. Este es nuestro ideal: que todas subamos al pódium y nos estrechemos la mano con verdadera sororidad.



Olga Luna Cabrera tiene 42 años y, a partir del próximo 15 de octubre de 2021, será regidora de Hacienda y Patrimonio del municipio de Soltepec. Llegó a la ciudad de Puebla, hace 12 años, en busca de una oportunidad laboral que vio realizada como recepcionista del Rastro Municipal de Puebla.

Sobreviviente de cáncer de ovario juvenil, cree firmemente que la salud, la familia y la felicidad son regalos de Dios, y que cuando menos te lo esperas suceden milagros.

Su buena trayectoria en la función pública llevó a Olga a tener un lugar en la planilla de regidores del partido Redes Sociales Progresistas, y a caminar 12 horas diarias, durante un mes, para pedir el voto de la ciudadanía. El compromiso adquirido fue velar por el buen uso del dinero de su amado pueblo.



Yuritzi Ramos Ramírez tiene 31 años; es asistente administrativa en el Rastro Municipal de Puebla y en breve será síndico Municipal de Tepetitla de Lardizábal, Tlaxcala. Ella aspira a ser, algún día, la presidenta municipal de esa localidad, para poder dar calzado y alimento a los hijos e hijas de los campesinos de su pueblo.

La pasión por la política, Yuritzi la heredó de su padre, quien siendo albañil se convirtió en asistente de Julio Scherer García y otros directivos de la revista Proceso. De esta publicación, ella guarda en su memoria la edición del 16 de enero de 2009, en cuya portada se leyó “Elba Esther: su adicción a la brujería”. Al recordar las investigaciones periodísticas de ese medio, que ella ha leído durante más de dos décadas, Yuritzi reflexiona sobre la fortaleza que deben tener las mujeres políticas para demostrar que no son funcionarias “de aparador” que solo firman documentos; en su caso, para probar que las mujeres de Morena son capaces y honestas.

Olga y Yuritzi laboraron en Industrial de Abastos Puebla (IDAP) —conocido comúnmente como el Rastro Municipal— junto a María Imelda, Georgina, María de Jesús, Rosa Isela, Leoncia, Esly, Maricela, Gisela, Norma Érika, Alejandra, Guadalupe, Lourdes, y junto a mí, Mónica. Todas, hijas del pueblo, quienes comprendimos que no teníamos que esperar ni depender de nadie, que debíamos poner las reglas de nuestra vida y avanzar.

Agradezco a mis compañeras de trabajo, quienes me confiaron sus relatos de vida y me permitieron publicar sus nombres reales. Gracias a aquellas que siguen y seguirán militando en el campo político, aunque sin armas.


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Las hijas del pueblo

Las hijas del pueblo somos las mujeres que decidimos que queríamos más de lo que nos había tocado en la vida.

No esperamos a que nuestros padres, compañeros, jefes, gobiernos o sacerdotes llegaran a salvarnos de las garras de la miseria, la ignorancia o la apatía, y así nos convertimos en nuestras propias heroínas.

Dejamos de portarnos bien, de ser invisibles y pacientes; somos madres, compañeras, jefas, gobernantes y sacerdotisas que caminamos agitando las caderas y las cabelleras para tomar lo que nos corresponde por derecho.

Mónica JFranco