Hay un sepulcro griego cuyo epitafio reza: «Dio a luz un cuarto sufrimiento y no soportó esperanzas inciertas, sino que lanzó al fuego al recién nacido vivo».

Se trata de la tumba de una madre que prefirió matar a su hijo antes que verlo perecer en las batallas bizantinas.

Otra madre aniquiladora, Medea, asesinó a sus dos hijos tras el abandono de su esposo, Jasón, quien quería casarse con otra mujer a la que aquella mató también, con un hechizo.

El lado oscuro de la maternidad ha sido narrado por poetas griegos, ya que las mujeres, desde la Antigüedad, hemos sido “domesticadas” para el matrimonio y para la maternidad, y consideradas menos valiosas si no tenemos descendencia.

La madre que no desea serlo puede convertirse en el azote de sus hijos de muchas formas: rechazo, manipulación y abandono son la venganza que aplican inconscientemente, ya contra el matrimonio, ya contra el hombre que las burló.

Evidentemente, esta clase de madre devoradora es una aberración para la sociedad. Son mujeres apartadas del patrón generalizado de dulzura, entrega y sacrificio que representa una madre santa; que ejercen su puta maternidad porque no les quedó de otra.

Ariel recuerda el día que decidió huir de su madre a los 10 años de edad:

“Llegué a mi casa y desde la entrada olía a mota y a monas; como siempre. En la sala estaban dos desconocidos drogándose; lo habitual. Escuché los gemidos de mi madre, tenía sexo con una mujer; nada raro. Entré a la cocina, estaba un hombre sobre un charco de sangre en el piso; primera vez”.

Ha pasado una década, me dice, mientras caminamos frente a una vecindad del centro histórico de Puebla, de la que salió corriendo con su uniforme y su mochila ese día; dice que sus piernas casi volaron hasta llegar al zócalo.

Los siguientes dos años vivió con una activista. Luego me cuenta que su madre fue violada y él fue el resultado de ese terrible día. Las adicciones de aquella mujer la hicieron olvidar que tenía que alimentarlo y protegerlo.

Cinco años después, ambos se reencontraron, pero pronto la mujer volvió a perderse comiendo hongos en San José del Pacífico, Oaxaca.

A los 19 años, Sofía quedó embarazada de un hombre mayor que la abandonó; ella quiso abortar, pero su madre se lo impidió.

Una depresión posparto, que se prolongó por seis años, hizo que rechazara a su hija y que no le diera una muestra de afecto. Actualmente, la niña tiene 12 años y se orina en la cama por las noches; el rechazo de Sofía perdura en ella.

Valeria es una empleada doméstica cuyo esposo ha violado, durante tres años, a las dos hijas de ambos —de 15 y 12 años cada una—. Aunque al enterarse de esto Valeria huyó con ellas, no quiso denunciar al violador, porque “es su esposo ante los ojos de Dios”.

Un año después, las tres regresaron a vivir con él. Valeria se lo atribuye a la crisis económica; dice que el dinero que gana no le alcanza. Sus hijas siguen siendo abusadas, solo que, ahora, ya no lo cuenta.

Hemos naturalizado y hasta glorificado el sacrificio y la abnegación de las mujeres, como si fueran características innatas. Pero, para muchas, la realidad es otra. Ser mujer no es sinónimo de ser madre.

En el mundo animal hay hembras que rechazan a sus crías o que se las comen, ¿por qué no habría de pasar esto con la raza humana? ¿Por qué el ser madre debe ser un mandato social y no una elección? ¿Por qué despreciar a la que intentó ser una santa madre y no logró? ¿Por qué criminalizar a la que abortó? ¿Por qué desestimar a la mujer que por convicción no desea ser madre?

Yo no soy ni tan santa madre, ni tan puta madre, y por eso escribo: para y por aquellas madres que no deseaban serlo, pero que intentaron ser santas madres y fueron lapidadas por la misma sociedad que las convirtió en mujeres desgraciadas. ¡Puta madre!

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Santa Madre, no te alejes.

“Santa Madre no te alejes, tu vista de mí no apartes.

Santa madre, ven conmigo a todas partes.

Santa madre, no me dejes temblando de miedo, porque tu hombre me quiere tocar.

Santa madre, abre los ojos, me quieren violar.

Santa madre, me amenaza con matar si no me quiero callar.

Santa madre, por más puta que te llamen, nunca te voy a olvidar; yo, desde mi tumba, te llamaré sin parar”. 

Por Mónica JFranco