Las madres y padres han sufrido durante esta pandemia; en especial, las mamás. Lo sabemos gracias a las redes sociales y los medios de comunicación tradicionales, a las encuestas y a los estudios que han sobrevivido al escrutinio arbitrado. Los niveles de depresión y ansiedad materna pueden variar (de acuerdo con el nivel socioeconómico, el estado civil, así como las edades y las necesidades de sus hijos), pero al parecer el hecho constante es que son niveles elevados.

¿Por qué? En Estados Unidos, las madres han perdido de manera desproporcionada sus empleos y su seguridad económica durante esta pandemia y las cargas de la vida familiar recaen de forma desproporcionada sobre las que sí trabajan. El Estado les ha fallado rotundamente.

Pero me pregunto lo siguiente, y no lo hago en vano, puesto que soy autora de un libro sobre maternidad y paternidad y también como madre de alguien que está en la adolescencia: ¿por qué tantas madres que conozco sienten que son un fracaso en este momento?

Es evidente que los problemas con los que lidiamos no son obra nuestra. Nosotras no soltamos una enfermedad zoonótica nueva en una población humana indefensa de miles de millones de personas. No cerramos nuestras escuelas ni pusimos fin a las citas de juego ni suspendimos la socialización de los adultos tal y como la conocíamos. No creamos una recesión mundial. Entonces, ¿por qué estamos tan ocupadas culpándonos de las consecuencias inevitablemente complicadas del caos histórico?

¿Puede explicarse tan solo por la propensión de las madres a la autorrecriminación casual?

Tal vez en parte, pero también tengo una humilde hipótesis: esta pandemia ha provocado (no en todos los casos, pero sí en muchos) que nos sintamos más inseguras acerca de aspectos de nuestra forma de criar que de por sí nos provocaban inseguridad.

Por ejemplo, tomemos el nada insignificante asunto de nuestro temperamento. Hace más de 20 años, Ellen Galinsky, presidenta del Families and Work Institute, tuvo la idea de encuestar a más de mil niños, cuyas edades oscilaban entre los ocho y los 18 años, acerca de cuál era su visión respecto a sus padres trabajadores. Los resultados fueron muy alentadores, en realidad, desde el punto de vista de una madre trabajadora agobiada por la culpa: solo el diez por ciento de los niños deseaba que sus madres tuvieran más tiempo para ellos.

No obstante, ¿cuál fue el único aspecto en el que las madres tenían mucho margen de mejora?

¿En qué aspecto sacamos la peor nota?

El control del mal genio.

Solo el 28 por ciento de nosotras obtuvo un sobresaliente y el 41 por ciento recibió un suficiente o no aprobado. Muchas de nosotras gritamos mucho más de lo que les gustaría a nuestros hijos, incluso en las mejores circunstancias.


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