En el primer párrafo de la presentación del libro “El matrimonio igualitario desde el activismo, la academia y la justicia constitucional”, editado en 2017 por la Suprema Corte de Justicia de la Nación a través de su Centro de Estudios Constitucionales, el ministro Luis María Aguilar Morales apunta lo siguiente: Los periodos de violaciones sistemáticas a los derechos humanos, como todas las época de crisis, son sucedidos por grandes esfuerzos sociales para evitar que la historia se repita en sus horrores.

Así, después de la Segunda Guerra Mundial, en un esfuerzo internacional la Asamblea General de las Naciones Unidas (…) adopta la Declaración Universal de Derechos Humanos, y a nivel regional no podemos dejar de destacar la Convención Americana sobre Derechos Humanos (Pacto de San José de Costa Rica) de 1969 (…) en ambas declaraciones el principio medular es, sin lugar a dudas, el de igualdad y no discriminación.

Dando pie a la expresión “evitar que la historia se repita en sus horrores”, el presente artículo analiza el conflicto de la humanidad desarrollado en la Segunda Guerra Mundial, en donde los datos informativos señalan la muerte y desaparición de alrededor de 6 millones de judíos, resultado del pensamiento totalitarista y hegemónico de un Estado creado por un grupo de tomadores de decisiones, así como de la contemplación de una colectividad que miraba pasar los ejercicios condenatorios sobre una población que en cualquier circunstancia pudiera significar la diferencia simbólica.

Si bien, la búsqueda de la armonía social es dinámica y progresiva, se mantiene constante en el esfuerzo de todos, a manera de hallar las mejores voluntades y hacer de estos nuestros espacios sociales un acuerdo en común.

Así, la historia y su revisión nos permite encontrar aquellos puntos para avanzar o corregir, y esto no podría suceder si dejamos de educar para la reflexión, así como ejercitar nuestro pensamiento crítico, fina herramienta para detener y evitar que se repitan los horrores violatorios a los Derechos Humanos.

Doy paso a la mención del acontecimiento histórico que servirá de ejemplo, en una búsqueda comparativa para permitirle al lector una ilustración que pudiera dar mayor detalle a sus preguntas y cuestionamientos sobre la narrativa hegemónica y totalitarista inmersa en nuestra sociedad.

Después del ascenso del Partido Obrero Alemán y transformado posteriormente en el Partido Nacionalsocialista, para 1935 el Tercer Reich, lidereado por Adolf Hitler, instituye las llamadas Leyes de Nuremberg, postulaciones jurídicas regresivas -si pudiéramos definirlas así- serían el inicio del desconocimiento y desacreditación a los Derechos Humanos, las cuales consistían en determinar y definir la situación racial de cada individuo residente en Alemania, modelo basado casi exclusivamente en la ascendencia racial y no en consideraciones religiosas o culturales; aunque en una actitud ambigua y somera esto no fue expresado oficialmente, las condiciones religiosa y/o cultural, sí fueron fundamento de una clara discriminación y rechazo, entendiendo que estas condiciones aunada a la racial se hallan en el marco de la identidad individual y colectiva.

Posteriormente una vez establecida la situación de cada individuo, estas leyes desplegaban una serie de efectos que supusieron disposiciones civiles, entre ellas la prohibición de matrimonios e incluso la prohibición de relaciones sexuales entre ciudadanos alemanes e individuos judíos.

Entre otras disposiciones también se encontraban las administrativas, como la privación de la ciudadanía alemana para todo aquel que fuera identificado como judío, así evitando la posibilidad de que estos pudiesen ocupar cargos o funciones públicas, así como las de ejercer libremente ciertas profesiones (medicina y abogacía), el comercio y la adquisición de bienes.

Estas acciones fueron avanzando en la vida ordinaria y cotidiana de la Alemania del tercer y cuarto decenio del siglo XX, y cuyo objetivo fue expulsar a toda costa a la identidad judía de la estructura social, política y económica de este país.

El sentido de enumerar estas disposiciones señaladas en las Leyes de Nuremberg, permiten reconocer y detallar la estrategia deshumanizante sobre una comunidad; quitar la ciudadanía que proporciona derechos civiles fue el primer paso, prohibir los afectos y vínculos mediante el matrimonio conocido como la institución primigenia para recrear a la familia -primer núcleo identitario- implicaba una medida racista de no permitir mezclarse con lo ajeno, aunque implícitamente, también controlaba el estado afectivo y emocional de esta comunidad.

Afortunadamente, la construcción social e histórica en México, en cuanto a la progresión, visibilidad y ejecución de los Derechos Humanos, ha sido un camino donde se han sumado muchas voluntades para alimentar nuestras leyes y jurisprudencia y así vivir en un acuerdo colectivo dentro del Estado de Derecho, aún debemos profundizar en tres temas que se empalman y debieran ser ejes centrales para convivir y transcurrir armoniosamente, hablamos de la igualdad, la diferencia y la empatía.

Siendo parte de un Estado de Derecho y asumiendo un contrato social, la igualdad como concepto se halla en el término de la ciudadanía plena, lo cual significa concentrar y aplicar los derechos y obligaciones en toda la ciudadanía.

Nadie puede tener más derechos que otros, ni unos pueden ser ciudadanos en una entendida categoría menor. La igualdad por tanto significa mantener de manera equilibrada los acuerdos para vivir en concordancia. Por otra parte, se encuentra la capacidad humana de significarse e identificarse. En antropología y sociología se le reconoce a esto como un proceso intrínseco de los individuos: mirándose en el otro (otredad), el individuo reconocerá sus propias diferencias pero que al mismo tiempo le permitirán construir su individualidad.

Llevamos mucho tiempo sin tocar este tema en casi todos nuestros espacios colectivos (familia, escuela, trabajo y recreativo), pareciera que la diferencia entendida también como diversidad, genera inconformidad y violencia ante una expresión aparentemente ajena. Por mucho tiempo hemos estado enseñando sólo a tolerar, pero poco hemos enseñado a observar las diferencias para entenderlas y así respetarlas.

En 2019, durante un Conversatorio cuyo tema viraba entorno a la Cultura de Paz, la Dra. Clara Jusidman señalaba que nuestro país venía por varias décadas descuidando su salud mental colectiva, resultando en una avanzada exponencial de la violencia en nuestro entorno.

Desde todas las instituciones poco hemos hecho para ocuparnos en la educación de la empatía, la cual significa toda aquella intención y ejercicio por comprender los sentimientos y emociones de forma objetiva y racional de lo que está sintiendo o sucediéndole al otro.

En una generalidad colectiva, nos hemos avocado más a lo reactivo y esto también tiene sus razones propias, explicables, pero no justificables, como lo son la inestabilidad económica, política y social.

Una vez expuesto lo anterior para introducir al lector al análisis de la peligrosidad del pensamiento totalitario y por ende fascista, racista y clasista, se observa que la toma de decisiones totalitarias y hegemónicas, como en el caso de la Alemania del Tercer Reich, venía de una disgregación económica, política y social al salir en desventaja de la Primera Guerra Mundial, generándoles una crisis económica atroz, la cual también había mermado en su condición de autoestima colectiva, y cuyo fundamento en su discurso propagandístico fue recuperar su anima usando entre otras acciones como chivos expiatorios a la comunidad judía, quienes desde un plano general ejercían sus diferencias con orgullo y plenitud.

El pensamiento y ejercicio totalitario se constituyó con gran fineza en la burocracia alemana, es decir se enraizó con todo conocimiento en la estructura institucional de gobierno, entendiéndose que, para la idiosincrasia alemana la figura de autoridad moral es hallada en su gobierno.

En México, con sus distintos escenarios, así como con sus distintas figuras de autoridad moral, los grupos conservadores cuyo discurso totalitario desacredita cualquier expresión distinta, se ha ido permeando en casi todas las instituciones que van desde partidos políticos, iglesias, centros educativos, organizaciones empresariales, medios de comunicación e inclusive en la propia familia.

Si bien hoy día están los ojos y oídos sobre transformar nuestras conductas racistas y clasistas, la nueva forma totalitaria busca eliminar toda forma distinta de expresión sexo genérica afectiva, aferrándose a la negativa para evitar sin descanso a que las poblaciones diversas (LGBTI+) lleguen al ejercicio de ciudadanía plena a través del reconocimiento del matrimonio igualitario.

Aquel discurso de tal manera ha intentado socavar y controlar nuestros afectos, fundamentando quienes tienen que amar a quienes, y quienes pueden contraer matrimonio y quienes no. Genera suspicacia este pensamiento totalitario que en el fondo busca controlar cualquier identidad o expresión de diversidad. Las atrocidades pueden ser prevenidas.

El Tercer Reich como primer paso desconoció la ciudadanía a los judíos y así también prohibió el matrimonio entre judíos y alemanes, esta idea revestía a los judíos como una raza menor y anómala; suena al discurso profesado por los grupos conservadores en México, quienes argumentan que las poblaciones diversas (LGBTI+) son seres antinaturales, anormales y por tanto anómalos, mismo que en el supuesto de su derecho no pueden y no deben ejercer sus garantías, ni por tanto formar familia, ni contraer matrimonio que en realidad es un contrato de pareja ante la ley, ni tampoco tiene derecho de ser y expresarse.

Como bien lo menciona la filósofa Hannah Arendt en su libro “Eichmann en Jerusalén”, a propósito del juicio realizado en 1961 a uno de los supremacistas del Tercer Reich encargado de ordenar la llegada de los judíos a los campos de concentración; Arendt desarrolla todo un análisis para sugerir que la banalidad del mal, se expresa en los individuos los cuales actúan dentro de las reglas del sistema al que pertenecen sin reflexionar sobre sus actos, sin preocuparse u ocuparse por las consecuencias de estos, sólo por el mero cumplimientos de las órdenes, regresando así a la incapacidad de diferenciar entre el bien y el mal, donde la empatía, el sentido de igualdad y el respeto a la diferencia simplemente no existen.