Empecé a escribir pensando en el hashtag #JustuciaParaJessica pero desgraciadamente con el paso de los días (sí, días) no solo fue localizado su cuerpo, sino que dolorosamente se acumularon otros nombres en un país de memoria tan corta, que pareciera que no se percata de que diariamente se reinicia una misma historia de terror que comienza así: “... salió de su casa y no se sabe nada de ella, la familia pide su ayuda para localizarla.” Con la misma impotencia que vemos una película, sin poder intervenir en los acontecimientos, así permanecemos expectantes hasta un desenlace que conocemos pero que esperamos que como sucede en la ficción, cambie en el último minuto y nos regale alguna vez un final feliz, pero desafortunadamente las tragedias son así: con finales terribles y en muchos de los casos, inconclusos.

Se dice que al presenciar una tragedia, nadie resulta ileso y es verdad porque ante sucesos así, es muy difícil permanecer indiferente, es casi inhumano no conectar con el dolor de esa familia que esperó días o meses luchando entre la esperanza y las frías estadísticas a que su hija, hermana o madre apareciera con vida. Pero contra todo lo esperado, no sólo hay quienes no tienen empatía, sino que incluso llegan a culpabilizar a la víctima, teorizando que si no hubiera salido, que si hubiera regresado más temprano, que si hubiera vestido diferente o que si hubiera ido acompañada, se hubiera podido evitar, pero ¡no! No se hubiera podido evitar ¿saben por qué? Porque sus asesinos (eso son) son seres que actúan con sangre fría, que conscientemente deciden quitarle la vida a alguien y lo harán porque lo han decidido, no porque las mujeres (o niñas) lo hayan provocado, por eso lo harán tarde o temprano, a una u otra mujer que tenga la desgracia de cruzarse en su camino, porque no, no siempre se trata de personas que se han elegido para tener una relación afectiva. Muchas veces se tratan de terribles coincidencias, como en mi experiencia, cuando recibí amenazas de muerte de parte de un hombre que no conocía y que obtuvo mi contacto porque alguien que no lo conocía bien, se lo proporcionó y me odió sólo porque soy mujer y se sintió con el derecho de amenazarme sin conocerme. Sin ninguna razón, me arrebató la tranquilidad y fui yo quien debió sentir miedo y ser cuestionada por las autoridades, para demostrar que “no di motivos”, en un país tan enfermo que sigue creyendo que somos las mujeres quienes provocamos que nos maten.

No, no podemos seguir engañándonos al querer pensar que lo que pasa es porque las mujeres no nos cuidamos lo suficiente. No, las mujeres no tenemos que aprender a cuidarnos, es la sociedad quien tiene que contribuir a que cada salida no represente un riesgo de muerte, es la sociedad en su conjunto la que tiene que dejar de culpar a las mujeres y voltear a ver a esos hombres a quienes se les hace fácil arrebatar una vida.

Debemos entender que la responsabilidad de lo que está pasando es compartida y que las autoridades solas no pueden remediarlo, se requiere un esfuerzo conjunto, donde la sociedad, la familia y el individuo contribuyan en el día a día para erradicar la violencia tanto en el hogar, los trabajos, las redes sociales y las calles. No podemos seguir tolerando tanta violencia disfrazada de “bromas”, de usos y costumbres, de ideologías políticas o religiosas, de rivalidades deportivas o de diferencias socioculturales. La violencia no puede más que generar violencia y todo lo que estamos viviendo es porque nos hemos hecho demasiados permisivos con la misma, la justificamos y nos divierte cuando no es hacia nosotros pero desgraciadamente es un boomerang que tarde o temprano regresará a nosotros. Empecemos desde casa a poder límites no violentos, a hacer bromas sin lastimar, a expresar nuestro enojo sin violentar a otros, a tolerar las creencias distintas, tratemos de comportarnos como humanos.

Como sociedad debemos volver a los valores fundamentales de respeto, empatía y responsabilidad, así como dejar de normalizar la violencia disfrazada de lo que sea, para que cuando un hecho así suceda, nos estremezca, nos cuestione, nos sacuda, nos llene de tanta indignación que el ser que lo haya hecho, sepa que no habrá donde esconderse porque la sociedad entera lo condena.

Espero que todos estos sucesos dejen de ser la normalidad y que empecemos por tomar consciencia en lo individual para que ésta terrible historia deje de repetirse. Me uno al dolor de esas familias y alzo la voz por quienes ya no pueden hacerlo. ¡Ni una menos!

¡Hasta pronto! Nos leeremos nuevamente desde el diván.