En menos de 48 horas murieron tres vecinos. Dos de ellos tenían entre 40 y 50 años de edad, sufrieron infartos fulminantes. Uno tenía sobrepeso y atendía una miscelánea, el otro, ya con una pierna amputada producto de la diabetes, vendía dulces y verduras en una mesita que colocaba afuera de su modesta vivienda.

El tercero falleció sin motivo aparente. Una intensa tos lo hizo atragantarse saliva y dejó de respirar. Él se ganaba la vida ayudando a su mamá en una diminuta cocina económica de la junta auxiliar La Libertad.

En ninguna de las tres casas se colocaron los moños negros. Solo llegaron los servicios funerarios, se llevaron los cuerpos y nunca se confirmó que se trataran de casos de Covid-19, aunque los tres hombres estuvieron expuestos al contagio porque vendían insumos básicos durante la pandemia.

Y aunque desde hace un par de semanas la muerte ronda mi casa, aún escucho decir: ¡Se murieron de otra cosa, no del Covid! ¡Ves que usaba insulina, seguramente no se la puso! o ¡Se veía bien sano, los que tienen Covid no pueden ni caminar porque les falta la respiración!

La creciente cifra de contagios y muertos por Covid evidencia que muchos se niegan a aceptar la realidad: la vida de todos está en riesgo.

Ninguna campaña ni gubernamental, ni de la iniciativa privada, ni de las organizaciones ciudadanas compite con la guadaña arañado la puerta de nuestros hogares.

En el caso de mis vecinos el llamado a quedarse en casa sucumbió ante sus necesidades económicas, así como el de todos aquellos que se han contagiado o han muerto por Covid en el cumplimiento de su trabajo.

Pero por increíble que parezca hay quienes abandonan el confinamiento no por necesidad, sino por diversión. En redes sociales circuló un video donde se observa un grupo de jóvenes, la mayoría menores de edad, que fueron desalojados a por la autoridad municipal de una “Covid Fiesta”.

Con su bebida en una mano, con la otra, se cubren el rostro y se burlan diciendo: “Foto pal Face” y “Te regalo mi autógrafo”. Los miro y me hacen dudar si el futuro de México está en los jóvenes.

La autoridad municipal también dio a conocer sobre la disolución de cuatro partidos de futbol y béisbol, de una pelea de gallos y de una corrida de caballos, ¿quizás ahí estaban los padres de los jóvenes que andaban de fiesta?

Esta situación no es exclusiva de Puebla, solo hace falta ver el semáforo nacional para saber que a la par de Covid aumentan los contagios de egoísmo, terquedad y falta de empatía; y que nosotros mismos invitamos a la muerte a nuestro hogar.

Mientras escribo no puedo dejar de pensar en mis hermanas. Una desde Buenos Aires me cuenta que se está preparando mentalmente para la llamada “Nueva Cuarentena Estricta” que decretó el presidente argentino Alberto Fernández del 1 al 17 de Julio.

En la capital mundial del tango se incrementaron los casos de Covid al levantarse el confinamiento. Primero se abrieron los parques públicos, luego los negocios y la gente empezó a viajar en transporte público. El rebrote de coronavirus se atribuye al traslado de los habitantes de los municipios conurbados hacia Buenos Aires.

Carmen es docente en una escuela pública de un barrio marginal en donde “los pibes” van más por la comida que da el gobierno diariamente que por la educación que reciben. Ella solo saldrá a dar servicio social en la entrega de apoyos alimentarios.

Mi otra hermana recorre los hospitales Covid de Puebla, Hidalgo, Querétaro y Oaxaca. Ella es química farmacobióloga y trabaja para una firma española que maneja pruebas de laboratorio.

Dulce viste su traje de aislamiento y su auto es su nueva casa. En él viaja interminables horas en las carreteras, lleva sus batas quirúrgicas, guantes, cubrebocas, caretas, spray sanitizante para protegerse y carga sus manuales de capacitación de equipos de coagulación y sus sueños de que todos los mexicanos accedan a las pruebas de Covid gratuitas.

Cuando llega a Puebla pasa a mi casa y en una especie de ritual, sin tocarnos, por la ventana del auto le entrego a su mascota y un toper con la comida del día. Se vence, llora y me dice: “Nadie que no esté en un hospital dimensiona lo que pasa. Desde hoy solo deberíamos dedicarnos a ser felices. Debemos de dejar de juzgarnos y de dividirnos. No sabemos cuánto tiempo más estemos por acá”.

Se seca sus tres lagrimitas, respira profundo y vuelve a sonreír. Me dice que ama su trabajo. Nos mandamos un beso de lejitos y sigue su camino.

Mientras el auto se esfuma de la calle hago una oración porque la muerte no toque mi puerta, ni la de Dulce, ni la de Carmen, ni la tuya querido lector.